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Huellas

Huellas

Licha colgó el teléfono, abrió el cajón con la mano temblorosa, tomó varias bolsas de plástico negras y las del mandado, y salió a la calle añorando los tiempos antes de que las balas arrasaran con todos los policías, cuando los balazos sólo se oían en año nuevo, los 16 de septiembre, el día de Santa Catalina y cuando alguien mataba a un caballo enfermo, una culebra o coyote en el cerro, antes, cuando su única preocupación era tener la casa limpia, comida preparada y tortillas en el comal. Ella necesitaba imaginar su vida antes de que naciera su nieto para poder seguir caminando hacia el puente, antes era una palabra que le recordaba a un escudo. Quería regresar el tiempo, ir a antes del accidente de su esposo en Estados Unidos, antes de que cerraran el único cine del pueblo donde ella cobraba las entradas o al menos a antes de que tuviera que dedicarse a hacer remiendos, chambritas por encargo y la limpieza en casa de Los Heredia, antes de que se fueran a vivir a Guanajuato y ella empezara a atender la tienda cargando a Romualdo en su rebozo. Al pasar frente a la panadería, el olor la llevó al recuerdo las noches tranquilas, en las que ella y su hijo cenaban sentados en el sillón viejo comiendo pan con nata espolvoreado de azúcar y café con leche mientras veían la novela e insultaban al malo en turno, que nunca se salía con la suya.

Los balazos de la carretera ganaron terreno y entraron al pueblo una noche de febrero. Nueve balas perdidas mataron a las señoras de los elotes y al vendedor de garbanzos. Los que trabajaban en las farmacias, panaderías, tiendas y puestos de tamales frente a los jardines del kiosco organizaron el toque de queda. Seis meses después todos se habían acostumbrado a encerrarse y estar lejos de las ventanas, los viernes, sábados y domingos a partir de las nueve de la noche.

El martes que nació el nieto de Licha, los balazos ya viajaban por las calles empedradas cualquier día de la semana. Ella y su nuera usaban los chalecos antibalas que les había mandado Romualdo de Estados Unidos para que se sintieran seguras al ir a la oficina de Western Union y al mercado. Las balaceras tenían dueños y sus apellidos, apodos, casas y bodegas se convirtieron en señales de precaución.

A Licha se el doblaron las piernas cuando se acercó al puente y vio a su comadre llorando y secándose las lágrimas con el rebozo azul marino. Aún se escuchaban los grillos porque el sol no había terminado de salir. Se sentó en la banqueta, trató de rezar un Ave María pero no pudo. Sintió que se hacía un nudo apretado con sus tripas y que se amordazaba el corazón. Se levantó y siguió caminando. Rechazó el abrazo de su comadre y le dijo: Aquí espérame. Bajó las escaleras despacio, se detuvo y lo buscó pero no veía bien de lejos. El riachuelo estaba casi seco, la corriente sólo llevaba latas de cerveza, cartones de huevo, envolturas de dulces y sangre. Los muchachos estaban regados en la orilla. Los huaraches de Licha se hundieron en el lodo ensangrentado. Miró hacia el puente para descansar los ojos un momento y se encontró con las lágrimas de la comadre y la mirada de perplejidad de los panaderos.

No tenía la esperanza de que la comadre se hubiera equivocado cuando le habló por teléfono para avisarle. Cinco años antes había desapareció su nuera y su nieto había cambiado la búsqueda de su mamá por una venganza inútil que lo había dejado a él y a sus amigos en pedazos. Las lágrimas de Licha cayeron sobre la nariz, las manos, los pies y las vísceras de su nieto mientras iba guardando cada parte en las bolsas de plástico y luego, dentro de las bolsas del mandado. No podía levantarlas, las arrastró hacia las escaleras donde se quedó de pie hasta que la comadre bajó y le ayudó a cargar a su nieto. El rastro de las huellas de los huaraches de Licha se fue borrando mientras subía los escalones del puente y caminaba las tres cuadras hasta su casa.

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Rojo terciopelo

Rojoterc

Me pusieron el vestido de chiffon verde, es el más nuevo del clóset, sí, pero no es el que quería usar. Margarita, ¡hija!, mírame, ¡míraaame! La tristeza no es ningún pretexto para que se te olvidara. Si hubieras puesto mi fotografía te darías cuenta de que no me puedo ir así. Y bien que te lo encargué en mi última navidad, último cumpleaños y en la boda de Nena. Te lo dije bien clarito cómo quería todo. ¡Aaay!, si mi Chuyito no se hubiera ido antes, él se habría asegurado de que me dejaran el cabello suelto en lugar de un chongo, él habría elegido mi traje sastre beige que mandé a la tintorería y dejé de ponerme en las últimas fiestas para que estuviera limpio por si acaso, y habría exigido que compraran un ramo de rosas rojas para mí y beige para la decoración. Él se habría encargado de que hubiera café de olla, uchepos con crema y salsa verde para los invitados. ¿Y mi música? Deberían haber puesto Bésame mucho y mis boleros favoritos: Tres regalos, Voy a apagar la luz y Quizás, quizás, quizás. Prefiero silencio a esta música de elevador, ¡la gente se va a quedar dormida, Margarita!

¡Bombón!, pelusita hermosa, mi confidente adorada. Ven, ya me hacía falta platicar contigo. Qué bueno que tú no tendrás que vivir tanto. Después de los 70 una va perdiendo decisiones, comodidades y amigas. ¿Te acuerdas cuando se me quebró la cadera y la libertad? Desde entonces tuve que resignarme a dejar de ir a la tienda, al parque, a misa, a los velorios… Una no cree que ya se va a morir porque piensa que seguro quedará un año, un mes o un día más y amanece una y la vida sigue sin prisas; se vuelve una repetición de programas de tele, modas, chismes, medicinas, visitas al doctor… y de gritos de los bisnietos que, gracias a dios, poco a poco fueron dejando de ser estridentes porque mis oídos se cansaron de oír. Extraño la tos y los pasos de mi Chuyito.

¿Dónde estabas ayer, Bombón? Lo último que recuerdo es la voz de Margarita repitiendo que: No seas terca mamá, ya firma el testamento porque uno nunca sabe; que no te vaya a pasar lo que a la vecina. Se me hace que ella ya lo presentía.

Tú sí sabes que no es por capricho, ¿verdad, hermosa? Tampoco por el recuerdo de los halagos que me hacían desde que era joven. Hay hábitos que se vuelven tuyos y por eso quieres llevártelos a la muerte y… ¡Mira nada más!, panecillos con queso, mini tartas de frutas y café descolorido. Las despedidas nunca son como uno quiere que sean. Ven, ven aquí. Sube, Bomboncita.

***

Nunca había ido tanta gente de visita. Nadie reía como en otras reuniones, las personas iban uniformadas y su ropa no tenía líneas ni dibujos. La vieja me llamó y me acerqué. Al tratar de tallarme como siempre, en sus piernas noté que no tenían relleno y caí de lado. Ella me indicó que subiera señalando a una caja grande de madera con una puertita abierta a mi medida. La obedecí como otras veces, como cuando me pedía que subiera a la cómoda de su recámara o a la mesita de café y me daba pedacitos de empanada de atún o camarones secos. Adentro de la caja había otra vieja idéntica a la de afuera con los ojos cerrados que olía raro. Busqué comida, lamí sus manos pero no tenían nada. Era la primera vez que ella olvidaba poner agua y croquetas en mis platos y limpiar mi arenero.

La gente de la sala gritó. Algunas personas levantaron sus brazos hacia mí cuando me senté sobre la cara de la vieja. La mujer a la que llama hija, quien nunca me ha caído bien porque siempre huele a perro, se acercó y trató de levantarme. La vieja de afuera gritó: ¡Déjala, Margarita!, deja que se despida, la vieja de adentro de la caja siguió inmóvil. Me alejé del alcance de las manos sudorosas de la mujer y fui hacia los pies fríos con zapatos de charol donde las manos de la mujer no pudieran alcanzarme. Escuché murmullos y un crujido. La caja se abrió. Corrí dentro de la caja para escapar.

Como ninguna de las dos viejas me defendía tuve que arañar a la hija para que me dejara en paz. Lamí una de las gotas de sangre que cayó en mi pata izquierda. Otra gota cayó sobre la verruga del cuello de la vieja, y una más sobre los labios grises y arrugados oscureciéndolos. La hija se quedó viendo a la vieja con cara de sorpresa y yo aproveché para salir de la caja de un brinco y refugiarme en la caja de madera donde guardan platos, copas y gatos de muchos tamaños que no se mueven. Desde ahí alcancé a ver que la mujer fue hacia el baño y luego entró al cuarto de la vieja. Al regresar a la sala se acercó a la vieja de la caja con un tubo pequeño y brillante que se partía en dos. Al girar una de las piezas, salía una cosa desagradable que mancha –y que no volveré a probar porque me provocó vómitos y dolor de panza–. Embarró con de la parte que manchaba los labios de la vieja acostada, quien pareció sonreír al mismo tiempo que la vieja de afuera quien dio las gracias. Maullé para recordarle que me diera de comer pero no me escuchó porque ya no oye bien. Hay noches en las que tuve que jalar la sábana para que volteara a verme.

La vieja sin relleno acarició la mejilla de la mujer a la que llamaba hija –la que huele a perro– en vez de hacerme caso. Llegó un señor al que yo había visto inmóvil en una pared del cuarto de la caja de luz con personas y la vieja le dijo: ¡Chuyito!, creí que se te había olvidado venir por mí. Te ves muy guapo. Los dos salieron de la casa tomados de la mano sin escuchar mis maullidos.

Otro crujido me hizo voltear hacia la vieja con ojos cerrados. Brinqué hacia la caja que habían cerrado –también la puertita– y de ahí al piso. Me abrazó una niña que me dio una galleta con algo blanco y suave encima que escupí. Me retorcí y escapé. Corrí y la niña me siguió hasta la cocina. Maullé hacia mis platos. Ella me sirvió agua y se puso a abrir puertas y cajones hasta que por fin encontró mi bolsa con croquetas.

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Reencuentro

Reencuentro

–¡Juliááán!, qué sorpresa encontrarte aquí tan pronto.

–Perdóname Nico, quería que te mataran.

–Sí, ajá.

–Me urgía el dinero, ¡entiende!

Se quedaron en silencio durante unos segundos, por así decirlo, porque aunque ya no tenían voz se habían escuchado pero no tenían noción del tiempo ni podían medirlo tampoco. Nicolás irradiaba una luz naranja y rojiza, al lanzar un puñetazo tras otro, el color se fue destiñendo y haciéndose amarillo tenue y la de Julián coloreándose hasta volverse roja sangre, que se movía en círculos concéntricos hasta que él logró detenerla. Se sentía mareado y así, tambaleante como un borracho trató de impulsarse pero pasó flotando lentamente a través de Nicolás, quien se rió burlándose, lo aventó con un soplido y le dijo: Te llevará un chingo aprender a moverte bien sin cuerpo; yo no pienso ayudarte, pendejo.

Una corriente de aire frío jaló a Julián hacia atrás, él apretó su energía para sostenerse como habría hecho con su cuerpo, si aún lo hubiera tenido. Supuso que sería otro espíritu porque sintió escalofríos mientras algo pasaba a través de él. Echó un vistazo, no parecía al cielo ni al infierno, era un espacio extenso, sombrío y brumoso. A lo lejos se veían llamas pequeñas, rojas, amarillas, verdes, grises y blancas, en grupos y apartadas. Se movían despacio, como hojas secas acostadas sobre el agua de un estanque dejándose llevar por un viento suave.

Julián le contó a Nicolás que su madre fue la que más había llorado en su funeral, que había muerto mientras dormía hacía cinco años, que a su primo Chuy le habían dado un buen hueso con el cambio de gobierno, que el Atlas había ganado, por fin, el campeonato; que su esposa se había vuelto a casar y tenía otros dos niños. Nicolás lo escuchó sin creerle.

Nicolás por su parte le contó a Julián que no había visto ni a su mamá ni a sus abuelos ni a ningún otro muerto conocido hasta que llegó Julián; que los espíritus de colores que se veían hasta allá nunca se acercaban y él ya se había cansado de intentar ir para ese lado porque por más que avanzara no llegaba.

Ahora los dos irradiaban el mismo tono de luz gris blancuzca de nube rota, desmoronada. Soltaron dos carcajadas largas y mudas al mismo tiempo; recordaron que se habían querido como hermanos durante casi toda su vida hasta que Julián contrató a unos tipos que le recomendaron para secuestrar a Nicolás y pagar una deuda con el rescate.

–¿Cuánto tiempo crees que llevas aquí, Nico?

–No sé, una semana, ¿no?

–Te moriste hace 10 años.

–¡No me jodas!

–Te lo juro. No me mataron los secuestradores ni los matones del casino al que debía dinero.

–¿Entonces, quién?

–Un pinche ratero que me disparó en el corazón porque yo no quería bajarme de mi moto.

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Ñuu Dzavui

Dzavui

Un camino empedrado de granizo luminoso con árboles de nubes te guiará hacia el lago extenso de luz cristalina. La brisa parpadea como estrellas pequeñitas haciéndole cosquillas a los recién llegados hasta que se acostumbren a ser fulgor, a recorrer los árboles desde las raíces, a volar con las alas de los pájaros radiantes y a ser su canto. Aquí todo resplandece: los pájaros, el viento, los peces, la lluvia y el silencio.

Al entrar al lago todo lo que no se pudo terminar deja de tener importancia, los recuerdos se limpian de dolor y dudas y se convierten en destellos lisos y tenues. Tendrás que esperar, pero el tiempo también es de luz: no lastima ni cansa. A todos les tocará iluminar el cielo durante más de una tormenta y bajar a la tierra para cumplir con lo que les mande el dios que es al mismo tiempo el lago, el pájaro, las nubes, el granizo y el rayo. A algunos les toca estrellarse contra una choza o un árbol y el fuego sirve para recordarle a los vivos el poder del dios del pueblo de la lluvia, los que caen sobre las montañas anuncian que la siembra será abundante. Los que caen sobre un río, lago o mar piden en nombre del dios, el corazón de un niño que él convertirá en pájaro resplandeciente para que cante sobre su lago de luz cristalina. Los que caen sobre un hombre también se encargan de traerlo a la entrada del camino empedrado de granizo luminoso.

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Desde arriba

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Desperté hasta las cuatro de la tarde porque me había desvelado siguiendo a unos borrachos, jugando con una bolsa y una caja de cartón. Me estiré sobre el jardín, de los borrachos sólo quedaba el vómito. De un impulso llegué a las azoteas, moví la ropa tendida y le di vueltas hasta que me aburrió. Bajé a las calles y estuve sacudiendo árboles para oír la música de sus ramas y hojas, me gusta más que la de los pájaros y ellos lo saben porque vuelan en silencio cuando nos encontramos en el cielo.

Pasé sobre una muchacha, se detuvo, cerró los ojos, se sacudió el polvo y algunas hojas que le habían caído, esperó a que me fuera pero regresé para verla de nuevo, soplé sobre su cabello largo color hojas secas, lo acaricié hasta que ella se molestó, maldijo en voz baja y se hizo una trenza. La abracé y volteó hacia atrás frunciendo el entrecejo y se puso el suéter que llevaba en el bolso. Su mirada tenía rugosidad de corteza de árbol. Subí y la acompañé desde arriba. Caminó un par de cuadras hasta un edificio. Cerró la puerta y yo subí y bajé por fuera tres veces, desde el primero hasta el octavo piso. Entré en dos departamentos que tenían las ventanas abiertas: uno estaba vacío y olía a ajo quemado y en el otro, sólo había un gato que se molestó porque lo desperté. Se encendió una luz en el cuarto piso, me asomé y ella abrió la ventana. Entré y mantuve mi distancia. Ella sonrió y su mirada de corteza se volvió de piloncillo.

Estoy aprendiendo a respetar su espacio y su cabello. Sólo entro cuando ella abre la ventana. A veces me quedo dormido viéndola leer y recuerdo que el tiempo nos separará tarde o temprano como a las hojas de los árboles y yo seguiré moviendo ropa en los tendederos, jugando con bolsas de plástico, borrachos, cortinas y gatos.

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Quizá

Quiza

En las noches recuerdo a mamá, era muy cariñosa y tarareaba para arrullarme, nos arrullaba a todos: tengo cinco hermanos pero hace mucho tiempo que nos separamos y no sé nada de ellos ni de mamá, ella nunca nos habló de papá, quizá no creyó que fuera necesario, lo que sí me dijo fue que eligiera un buen esclavo, que era lo más importante en la vida. En realidad nos lo dijo a mis hermanos y a mí pero como ya no están me gusta recordar las cosas como me hubiera gustado que pasaran.

Mamá no tuvo tiempo de enseñarnos a domar esclavos y no es fácil ser un buen amo. No me gusta recurrir a la fuerza pero cuando se niegan a obedecer he tenido que lastimarlos. Espero que nos llevemos bien y que no sea necesario arañarte ni morderte. Pareces dócil, eso me gusta.

Los primeros esclavos que tuve no eran rebeldes, tampoco amables pero cumplían con sus obligaciones: me daban de comer todos los días, me bañaban, lavaban la cama… Los problemas empezaron cuando se les ocurrió adoptar a un perro callejero que me odió desde que me lo mostraron. Unos meses después terminé viviendo con una esclava vieja que hablaba con una foto y lloraba todos los días. Por culpa de ella terminé en esta azotea. Supe que se cambió de casa después de abandonarme porque me lo contó la señora del departamento 9 cuando me trajo leche.

Todos los días veo pasar a los niños cuando van o vienen de la escuela y pelear a los vecinos de enfrente que nunca cierran las cortinas, puedes venir cuando quieras y si me sigues trayendo comida te acompañaré a que tiendas la ropa y quizá, podrías ser mi nueva esclava.

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Verdina

Verdina

–Es un hotel de lujo, si no tienen un masajista especializado, ¡consíganlo, carajo!

–Haremos lo posible, señor Mendieta.

–Hagan lo que tengan que hacer.

–Sí, claro, pe…

–Verdina y yo queremos nuestro masaje mañana en la mañana.

–Claro, pero no podría asegurar que…

–No me asegure nada y traiga a los masajistas para mañana a las diez y media.

–Trataré de…

–No trate, hágalo. Gracias.

El señor Mendieta colgó el teléfono, torció la boca y suspiró recordando el día que conoció a Lola en la boda de un amigo en común. Los dos estaban divorciados y tenían 49 años. Lola llevaba un vestido escotado, azul marino, usaba un chongo y la sonrisa completa. El señor Mendieta se rascó un grano entre las canas de la cabeza y alzó su copa de champaña hacia Verdina, ella tomó un sorbo de agua de su copa desde una silla para corresponder y dijo: Te quiero, loco, la frase que Lola siempre le decía cuando brindaban. Un charquito de lágrimas se quedó estancado en los ojos arrugados del viejo, quien tomó su pañuelo gris con cuadros verdes que olía a planchado para limpiarse los ojos y la nariz, lo dobló de nuevo y lo guardó en la bolsa izquierda de su pantalón. Se bebió el resto de la champaña de un trago y miró al sol despedirse a través del ventanal, entre rayos rojos, naranjas y ocres. Recordó las noches en que Lola y él habían planeado hacer ese viaje juntos mientras tomaban vino blanco espumoso, imaginando que era champaña sin saber que él terminaría yendo con Verdina.

Lola y Verdina siempre lo hacían reír con sus ocurrencias, silbaban y cantaban juntas. Él envidiaba en silencio esa complicidad. Cuando Lola sufrió el primer infarto, él se hizo cargo de Verdina, comían juntos y aprendieron a llevarse bien, a veces hasta cantaban juntos también y eso hacía sonreír a Lola, quien dos infartos después murió. El señor Mendieta no quería viajar solo, habían reservado cenas románticas, un paseo en yate y un masaje en pareja. Verdina llevaba el duelo en silencio y comía poco. Se quedaba en la silla de la cocina viendo hacia el espacio vacío donde Lola se sentaba a tomar su café cada mañana.

Verdina y el señor Mendieta bajaron a desayunar al restaurante del hotel, la gente los veía con curiosidad y muchos niños apuntaban a Verdina. Después de una caminata en la playa se dieron un regaderazo juntos y esperaron a los masajistas. Sonó el timbre, el señor Mendieta abrió. El concierge del hotel se presentó y a las dos muchachas que lo acompañaban.

–La señorita Berenice será su masajista y la señorita Nancy quien es veterinaria atenderá a Verdina.

–Mucho gusto, pasen.

El concierge se fue y el señor Mendieta se acostó sobre una de las camas portátiles que llevaban las muchachas. Verdina y él disfrutaron de su masaje y en los días siguientes, de dos cenas exclusivas.

Llegó el último día del viaje y se prepararon para el paseo en yate. Verdina veía el mar desde el hombro del señor Mendieta, quien suspiraba a cada rato recordando a Lola. Él tomó un trago de champaña y acercó la copa de agua a Verdina. Brindó en silencio por Lola con una sonrisa agridulce y Verdina respondió: Te quiero, loco, abrió sus alas, dio un par de vueltas sobre el yate y se elevó hasta perderse a la distancia en el cielo.

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