Cuentos

Échale ganas

Echaleganas

Me arrepiento de haberle regresado el anillo de compromiso a mi ex. Lo hubiera vendido como en el sueño de anoche para recuperar algo del dinero que le presté y se robó, porque aunque suene feo es un ratero por eso él y su nueva novia me bloquearon de redes sociales y de mi número de teléfono celular, para que dejara de cobrarle a él y no le advirtiera a ella que nunca le preste dinero. Cada vez que me acuerdo de él llorando para tratar de chantajearme por última vez me duele la cabeza aunque ya hayan pasado cinco años desde que mandó a un amigo a recoger su ropa –en donde envolví la caja con el anillo–, sus discos, videojuegos, la taza de Starwars y dejó la promesa de que no me preocupara porque él me pagaría hasta el último centavo en cuanto pudiera.

Le pedí una aspirina a la señora del departamento de a lado y la mujer me miró con lástima, me dijo que pobre de mí que no tenía marido, familia ni hijos que me echaran la mano como a ella, pero que tuviera más fe porque dios sabe por qué hace las cosas, como si saber que dios supiera o no las cosas fuera un consuelo, hubiera preferido que me invitara a comer o que me diera pan y un vaso de leche en vez de palmaditas y palabras inútiles como las que me avienta la mayoría de la gente cuando se siente incómoda.

El último dvd que vendí fue el del documental que me dieron donde muchos famosos millonarios aseguraban que es muy fácil tener todo lo que desees, que el universo es un genio de lámpara maravillosa que te regalará todo lo que le pidas y me convencí de que también yo iba a lograrlo como esos millonarios, que me iba a comprar el departamento que rentaba, que tendría hijos, que iba a trabajar mucho, subir de puesto y de sueldo; que aún me quedaba tiempo para juntar dinero, hacer un negocito o al menos abrir un local de estambres y material para manualidades y que me jubilaría antes de los 60 años. De verdad me emocioné mucho pero sólo lo creí durante un año o dos hasta que en lugar de hacerme millonaria me quedé sin novio, sin ahorros, sin trabajo y tuve que conseguir otro departamento dónde vivir.

Sí, ya sé que hay una edad límite para tener hijos y para trabajar pero no estaba preparada para que la fecha de caducidad productiva llegara tan pronto. Creía que a mi edad iba a tener dos hijos, iba a seguir trabajando en una empresa donde me dieran seguro social, bonos y aguinaldos, que ahorraría durante unos 8 o 10 años más, que a los 50 aún no sería tan vieja pero tengo 42 años, sigo desempleada y el rango de contrataciones para el puesto –como me lo repitieron hasta que dejé de mandar currículums–, es hasta los 36 años, disculpe pero estamos buscando a alguien con menos experiencia, gracias por su comprensión y por supuesto, lo comprendí.

Me mudé al departamento de una tía viejita –que vive en otro estado– es pequeño y la renta barata porque está a orillas de la ciudad. Antes de la contingencia vendía mis dvds y libros usados afuera de la tienda de la esquina y hacía ropa para bebé tejida por encargo pero hace dos meses que no vendo nada, hay poca gente en la calle. No me arrepiento de haber ido a la universidad, sólo de no haber estudiado  carrera a prueba de encierros obligatorios como contaduría. No soy orgullosa ni me da vergüenza haber bajado mi calidad de vida, tampoco soy muy agraciada físicamente ni tengo buen cuerpo, –cada vez estoy más flaca– lo peor es que me da mucho miedo arriesgarme no sólo a que me peguen enfermedades sino a la violencia, por eso no me atrevería a acostarme con desconocidos por dinero.

Hubiera trabajado como mesera cuando aún estaban abiertos los cafés, bares y restaurantes. Ahorita no puedo pedir trabajo ni de obrera para tener prestaciones porque las fábricas están cerradas. Tampoco puedo ofrecerme para hacer la limpieza de las casas de amistades y conocidos de otros tiempos que saben que soy honrada. Me consta que ellos tienen un buen nivel de vida y sí pagan porque les hagan la limpieza porque antes de la pandemia siempre compartían fotos de sus viajes a otros países en sus muros de Facebook, gifs de sus familias y videos de sus casas con muebles bonitos, consolas y artículos lujosos, la comida y postres que horneaban; siguen haciéndose selfies diciendo lo aburridos que han estado por no poder salir de vacaciones por culpa de la pandemia.

Ya vendí la computadora, la tele, la cama, –ahora duermo en el sillón– la estufa, el refrigerados y la bicicleta; unos días antes de que anunciaran a los primeros muertos alcancé a ir a empeñar la cadena de oro que me dieron en mi Primera Comunión. Me quedan diez libros, el teléfono de prepago con la pantalla rota donde me entero de las noticias y las series que recomiendan –la vecina me comparte la conexión de internet– y el horno de microondas donde preparo palomitas. Los amigos que me escriben de vez en cuando no entienden o no quieren aceptar que yo esté tan jodida por eso cuando preguntan que cómo estoy les digo que bien, a secas, porque ya sé que si digo que estoy mal o preocupada porque no tengo dinero para comer –como antes– responden que no me queje, que piense positivo y le eche ganas, que dios aprieta pero no ahorca y de tanto que han repetido la frase, la palabra ahorca se me ha quedado como eco en la mente, la escribo en las paredes y en mi celular, en mensajes que no envío. Sueño que me encuentro dinero, que me invitan a un banquete, que trabajo en muchos lugares, que voy a la playa, compro ropa bonita, me como dos hamburguesas con papas fritas como última cena, que sonrío y me cuelgo con la soga del tendedero en la azotea. Qué bueno que no tuve hijos y que ya no tengo nada qué perder.

Estándar
Cuentos

Ríos de mar

Riosdemar

Margarita salió del departamento apretando los labios para no arrojar los insultos que se le clavaron en la lengua como espinas negras de huisache. Dejó la puerta abierta, el vaso de agua mineral servido sobre la mesa de caoba de la sala y la tristeza falsa en la sonrisa contenida de Daniel. Bajó las escaleras del edificio apretando puños y dientes. No respondió al buenas tardes, que le vaya muy bien, señorita del portero del edificio.

Su cara iba enrojeciendo con cada paso que daba. Contuvo el llanto durante una cuadra completa; se sentía estúpida, no podía borrarse de la mente la cara compungida de Daniel cuando le dijo que estaba muy confundido y necesitaría tiempo para pensar, porque no sabía si quería seguir con ella y tampoco estaba seguro de qué hacer con su vida, quizá sólo fuera una crisis existencial pero en cuanto se le pasara él prometía mandar un mensaje avisándole lo que hubiera decidido.

Necesitaba hablar con Elsa para contarle lo que había pasado pero vio el reloj en el celular y supo que del otro lado del mundo su mejor amiga estaba durmiendo. Extrañaba mucho a Elsa, llevaban tres años separadas y seguía negándose a aceptar que cualquier tipo de relación a distancia siempre termina aunque ellas hubieran sido como hermanas desde que se conocieron en la preparatoria.

El semáforo de la esquina tenía la luz verde cuando una mujer detuvo a Margarita jalándole un brazo para que no la atropellara el motociclista que pasó sin voltear a verlas. El airecito que dejó la moto les movió el cabello a las dos. Margarita dejó de apretar puños y dientes; cuando abrió los labios para dar las gracias se le escaparon chorros de mocos y lágrimas que tuvo que limpiar con la manga de la sudadera lila que llevaba puesta, porque cuando abrió su bolsa y revolvió la cartera, el teléfono, el maquillaje, la caja de chicles, el frasco de aspirinas, las plumas y las llaves, no encontró la servilleta que creía haber guardado.

La desconocida que seguía junto a ella le ofreció un paquete de pañuelos desechables que tenía impreso un domicilio y un logotipo con gotas que se convertían en una corriente de agua que rodeaban las palabras: Ríos de mar. La mujer le dijo a Margarita que si no tenía nada qué hacer le recomendaba que fuera allí, señalando con la vista hacia el logotipo de los pañuelos. Ella dio las gracias otra vez y caminó sollozando tres cuadras hasta la estación del tren ligero. Buscó el domicilio en internet y vio que Ríos de mar estaba a dos estaciones de distancia de su departamento.

Vio el letrero con el logotipo de los pañuelos en una casa vieja de tres pisos. En la entrada estaba una muchacha rubia con ojos café claro, vestía una blusa azul verde con el logotipo bordado y jeans azul marino quien se presentó diciendo soy Alina y estoy para servirte, luego preguntó si era su primera vez en Ríos de Mar, Margarita dijo que sí y la muchacha le mostró el lugar. El primer piso era librería y café con un pasillo central de lozas azul claro con verde pastel que llevaba hacia una escalera de caracol. A la izquierda estaba la barra, tres libreros, la mesa con novedades literarias y descuentos y cinco mesas separadas por paredes de vidrio con gotas esmeriladas. A la izquierda había siete salitas tapizadas de terciopelo azul claro, también con separaciones de paredes de vidrio. En algunas mesas había parejas y en las salitas, algunas mujeres leyendo solas. Alina le dijo a Margarita que podía rentar una oyente para que escuchara sus problemas sin decir nada durante una hora, que los lunes tenían la promoción de media hora de escucha gratis, los viernes y domingos había asistencia psicológica de emergencia y cascadas de paz: tés de pasiflora, al 2×1.

Al subir las escaleras del segundo piso empezó a oler a palomitas de maíz. Alina le contó a Margarita que había cuatro pequeñas salas de cine en las que proyectaban sólo películas tristes y que podría consultar la cartelera en el sitio web. El pasillo que llevaba a las salas tenía una alfombra que simulaba ser un río ilustrado azul verde. Junto al mostrador había una pantalla con las películas en cartelera esa semana: Un monstruo viene a verme, Mi vida sin mí, El niño de la pijama de rayas y La tumba de las luciérnagas. Los sábados y domingos se proyectaban películas sorpresa.

Subieron al tercer piso donde estaba el bar, una terraza techada con lozas de piso con ilustraciones de olas, sillas y mesas con decoraciones talladas de peces, cangrejos, pulpos y sirenas. Alina le explicó a Margarita que esta zona está reservada para los clientes menos tímidos (nunca decía desinhibidos porque se prestaba a otras interpretaciones), a los que no les incomodaba cantar y bailar llorando delante de otras personas. Todas las noches en la hora triste hay promociones de siete a ocho de la noche, jueves de karaoke y los viernes, concurso de llanto por canción, que se recolecta en una copa con marcas por mililitro. Para su comodidad, Ríos de mar cuenta con servicio medico y sitio de taxis.

Eligió una salita en el primer piso. Había música melancólica de piano. Después de ver el menú Margarita pidió lágrimas de montaña: agua mineral, una taza de tristeza amarga: café expreso doble y llanto seco nevado: galletas de nuez con azúcar glas. En la mesa había paquetes de pañuelos como los que le había dado la desconocida, una libreta, una pluma azul y una revista vieja. El mesero trajo su orden, le dijo que la revista era para que la rompiera en caso de necesitarlo y le presentó a tres oyentes disponibles que la escucharían sin juicios y bajo contrato de confidencialidad firmando. Eligió a una chica que se parecía a Elsa y le pidió que cuando le contara sus problemas le acariciara el cabello como lo hacía su amiga.

Usó dos paquetes de pañuelos, se terminó el café y las galletas, le dio las gracias a la oyente, pidió la cuenta y fue al baño. En el espejo vio que se le había corrido el rímel y el delineador pero junto al lavabo había algodones y desmaquillante para ojos. Después de pagar tomó dos paquetes de pañuelos, salió dando las gracias y un gran suspiro, había encontrado un refugio.
La semana siguiente vio a una mujer llorando en el andén de una estación del tren ligero y le regaló un paquete de pañuelos de Ríos de mar que llevaba en su bolsa.

Estándar
Cuentos

Vocecitas

Vocecitas

Llenó unos papeles, pagó en la caja y unos minutos después corrió a vomitar al baño. Cuando se terminó a sorbos el agua que le había dado la señorita de la recepción, nos sentamos en uno de los sillones azul marino de la sala de espera, tenían encendida la tele y pasaban una serie de los ochentas con el volumen muy bajo. Había una pareja de mujeres que aparentaban nuestra edad, sentadas frente a nosotras. Llamaron a una y la otra salió a fumar.

Ella se mordía las uñas mientras veía fijamente hacia la mesa, al perfil de Ariana Grande con su maquillaje perfecto desde la portada de la Vanidades, en la que leí los encabezados: 10 trucos para tener labios sexis, Destinos bajo las estrellas y Renace luego de la tormenta. Su tormenta estaba por terminar, la mía no porque me daba vergüenza contarle el veredicto que había recibido unos días antes y romper en pedacitos la imagen de mujer fuerte e independiente que aparentaba, al igual que los resultados del laboratorio que terminaron en el bote de la basura del baño y aunque nunca lo reconocería en voz alta, he fantaseado con que me llamaran empoderada, ahora que se puso de moda esa palabra como halago.

Nos conocemos hace muchos años y es más terca que yo. Ella no cambiaría de opinión. Ninguna de las dos tomó la revista, sólo esperamos. Deseé en silencio un intercambio de problemas y estar celebrando bajo las estrellas, a la orilla de una playa en uno de los destinos que recomendara la Vanidades. Me dolía la cabeza desde que desperté, miré hacia la tele y las risas de unos niños que pasaban por la calle entraron por la puerta de vidrio de la entrada con los pasos de la chica que había salido a fumar. Recordé las risas de los niños de mi vecina y suspiré molesta, fingiendo que lo hacía por desesperación, porque tardaban mucho en llamar a mi amiga.

Cuando se cansó de morderse las uñas movió su pierna derecha con rapidez sin despegar el pie de la alfombra. Me dieron ganas de salir y dejarla sola pero su llanto brotó como un recuerdo invocando al mío, que no tenía prisa y se escurrió acariciando mis mejillas como el agua tibia de la regadera sobre mis hombros. Nos abrazamos, partí en dos el último pañuelo que me quedaba para limpiarnos la nariz y seguimos esperando. Yo había llorado haciendo pausas durante el camino desde que nos encontramos en la parada del trolebús hora y media antes. Tomaba aire y pasaba saliva para seguir tragándome letra a letra, las palabras punzantes que habían formado una presa en mi garganta desde que me lo contó y yo no me atreví a decirle lo que sentí después de haber leído sus mensajes y la hoja membreteada del laboratorio con mi nombre y apellidos, después de haber escuchado su voz asustada esa misma noche hasta que se me descargó la batería, ni después de haber visto su mirada triste y decidida días antes, en el centro comercial que queda a medio camino entre su trabajo y el mío. El café me dio agruras, tampoco se lo dije, la escuché sin contarle el veredicto con sentencia incluida que me había dado el ginecólogo. No quería competir sobre quién de las dos tenía el peor problema o las peores consecuencias, para tranquilizarme pensé que yo no podría hacer algo distinto si estuviera en su lugar ni etiquetar la decisión contraria como la mejor opción sólo porque yo ni siquiera tendría la oportunidad de elegir, como ella.

La acompañé a su casa, tomamos un té de canela con vainilla y miel tomadas de las manos, con la mirada sobre las tazas, sin decir nada. Ella bostezó y me dijo que se sentía muy cansada, esperé a que se durmiera y salí. Caminé una hora hasta mi departamento, el dolor de cabeza regresó. Me serví un vaso de agua mineral y tomé una aspirina. Me puse la piyama y me quité lo que quedaba de maquillaje con un algodón frente al espejo del baño, estaba lavándome la cara cuando escuché como cada noche, las vocecitas desde el baño de los vecinos. Después de secarme con la toalla de flores bordadas, pegué la oreja a los azulejos violetas y fríos y escuché a los niños, chapoteaban cantando una canción de una caricatura; se reían mientras yo lloraba tapándome la boca, resignándome a que mi baño nunca tendrá juguetes, canciones y risas, que no podría contárselo a nadie porque prefería conformarme con ganar admiración y respeto diciendo que había decidido no tener hijos.

Estándar
Cuentos

Huellas

Huellas

Licha colgó el teléfono, abrió el cajón con la mano temblorosa, tomó varias bolsas de plástico negras y las del mandado, y salió a la calle añorando los tiempos antes de que las balas arrasaran con todos los policías, cuando los balazos sólo se oían en año nuevo, los 16 de septiembre, el día de Santa Catalina y cuando alguien mataba a un caballo enfermo, una culebra o coyote en el cerro, antes, cuando su única preocupación era tener la casa limpia, comida preparada y tortillas en el comal. Ella necesitaba imaginar su vida antes de que naciera su nieto para poder seguir caminando hacia el puente, antes era una palabra que le recordaba a un escudo. Quería regresar el tiempo, ir a antes del accidente de su esposo en Estados Unidos, antes de que cerraran el único cine del pueblo donde ella cobraba las entradas o al menos a antes de que tuviera que dedicarse a hacer remiendos, chambritas por encargo y la limpieza en casa de Los Heredia, antes de que se fueran a vivir a Guanajuato y ella empezara a atender la tienda cargando a Romualdo en su rebozo. Al pasar frente a la panadería, el olor la llevó al recuerdo las noches tranquilas, en las que ella y su hijo cenaban sentados en el sillón viejo comiendo pan con nata espolvoreado de azúcar y café con leche mientras veían la novela e insultaban al malo en turno, que nunca se salía con la suya.

Los balazos de la carretera ganaron terreno y entraron al pueblo una noche de febrero. Nueve balas perdidas mataron a las señoras de los elotes y al vendedor de garbanzos. Los que trabajaban en las farmacias, panaderías, tiendas y puestos de tamales frente a los jardines del kiosco organizaron el toque de queda. Seis meses después todos se habían acostumbrado a encerrarse y estar lejos de las ventanas, los viernes, sábados y domingos a partir de las nueve de la noche.

El martes que nació el nieto de Licha, los balazos ya viajaban por las calles empedradas cualquier día de la semana. Ella y su nuera usaban los chalecos antibalas que les había mandado Romualdo de Estados Unidos para que se sintieran seguras al ir a la oficina de Western Union y al mercado. Las balaceras tenían dueños y sus apellidos, apodos, casas y bodegas se convirtieron en señales de precaución.

A Licha se el doblaron las piernas cuando se acercó al puente y vio a su comadre llorando y secándose las lágrimas con el rebozo azul marino. Aún se escuchaban los grillos porque el sol no había terminado de salir. Se sentó en la banqueta, trató de rezar un Ave María pero no pudo. Sintió que se hacía un nudo apretado con sus tripas y que se amordazaba el corazón. Se levantó y siguió caminando. Rechazó el abrazo de su comadre y le dijo: Aquí espérame. Bajó las escaleras despacio, se detuvo y lo buscó pero no veía bien de lejos. El riachuelo estaba casi seco, la corriente sólo llevaba latas de cerveza, cartones de huevo, envolturas de dulces y sangre. Los muchachos estaban regados en la orilla. Los huaraches de Licha se hundieron en el lodo ensangrentado. Miró hacia el puente para descansar los ojos un momento y se encontró con las lágrimas de la comadre y la mirada de perplejidad de los panaderos.

No tenía la esperanza de que la comadre se hubiera equivocado cuando le habló por teléfono para avisarle. Cinco años antes había desapareció su nuera y su nieto había cambiado la búsqueda de su mamá por una venganza inútil que lo había dejado a él y a sus amigos en pedazos. Las lágrimas de Licha cayeron sobre la nariz, las manos, los pies y las vísceras de su nieto mientras iba guardando cada parte en las bolsas de plástico y luego, dentro de las bolsas del mandado. No podía levantarlas, las arrastró hacia las escaleras donde se quedó de pie hasta que la comadre bajó y le ayudó a cargar a su nieto. El rastro de las huellas de los huaraches de Licha se fue borrando mientras subía los escalones del puente y caminaba las tres cuadras hasta su casa.

Estándar
Cuentos

Rojo terciopelo

Rojoterc

Me pusieron el vestido de chiffon verde, es el más nuevo del clóset, sí, pero no es el que quería usar. Margarita, ¡hija!, mírame, ¡míraaame! La tristeza no es ningún pretexto para que se te olvidara. Si hubieras puesto mi fotografía te darías cuenta de que no me puedo ir así. Y bien que te lo encargué en mi última navidad, último cumpleaños y en la boda de Nena. Te lo dije bien clarito cómo quería todo. ¡Aaay!, si mi Chuyito no se hubiera ido antes, él se habría asegurado de que me dejaran el cabello suelto en lugar de un chongo, él habría elegido mi traje sastre beige que mandé a la tintorería y dejé de ponerme en las últimas fiestas para que estuviera limpio por si acaso, y habría exigido que compraran un ramo de rosas rojas para mí y beige para la decoración. Él se habría encargado de que hubiera café de olla, uchepos con crema y salsa verde para los invitados. ¿Y mi música? Deberían haber puesto Bésame mucho y mis boleros favoritos: Tres regalos, Voy a apagar la luz y Quizás, quizás, quizás. Prefiero silencio a esta música de elevador, ¡la gente se va a quedar dormida, Margarita!

¡Bombón!, pelusita hermosa, mi confidente adorada. Ven, ya me hacía falta platicar contigo. Qué bueno que tú no tendrás que vivir tanto. Después de los 70 una va perdiendo decisiones, comodidades y amigas. ¿Te acuerdas cuando se me quebró la cadera y la libertad? Desde entonces tuve que resignarme a dejar de ir a la tienda, al parque, a misa, a los velorios… Una no cree que ya se va a morir porque piensa que seguro quedará un año, un mes o un día más y amanece una y la vida sigue sin prisas; se vuelve una repetición de programas de tele, modas, chismes, medicinas, visitas al doctor… y de gritos de los bisnietos que, gracias a dios, poco a poco fueron dejando de ser estridentes porque mis oídos se cansaron de oír. Extraño la tos y los pasos de mi Chuyito.

¿Dónde estabas ayer, Bombón? Lo último que recuerdo es la voz de Margarita repitiendo que: No seas terca mamá, ya firma el testamento porque uno nunca sabe; que no te vaya a pasar lo que a la vecina. Se me hace que ella ya lo presentía.

Tú sí sabes que no es por capricho, ¿verdad, hermosa? Tampoco por el recuerdo de los halagos que me hacían desde que era joven. Hay hábitos que se vuelven tuyos y por eso quieres llevártelos a la muerte y… ¡Mira nada más!, panecillos con queso, mini tartas de frutas y café descolorido. Las despedidas nunca son como uno quiere que sean. Ven, ven aquí. Sube, Bomboncita.

***

Nunca había ido tanta gente de visita. Nadie reía como en otras reuniones, las personas iban uniformadas y su ropa no tenía líneas ni dibujos. La vieja me llamó y me acerqué. Al tratar de tallarme como siempre, en sus piernas noté que no tenían relleno y caí de lado. Ella me indicó que subiera señalando a una caja grande de madera con una puertita abierta a mi medida. La obedecí como otras veces, como cuando me pedía que subiera a la cómoda de su recámara o a la mesita de café y me daba pedacitos de empanada de atún o camarones secos. Adentro de la caja había otra vieja idéntica a la de afuera con los ojos cerrados que olía raro. Busqué comida, lamí sus manos pero no tenían nada. Era la primera vez que ella olvidaba poner agua y croquetas en mis platos y limpiar mi arenero.

La gente de la sala gritó. Algunas personas levantaron sus brazos hacia mí cuando me senté sobre la cara de la vieja. La mujer a la que llama hija, quien nunca me ha caído bien porque siempre huele a perro, se acercó y trató de levantarme. La vieja de afuera gritó: ¡Déjala, Margarita!, deja que se despida, la vieja de adentro de la caja siguió inmóvil. Me alejé del alcance de las manos sudorosas de la mujer y fui hacia los pies fríos con zapatos de charol donde las manos de la mujer no pudieran alcanzarme. Escuché murmullos y un crujido. La caja se abrió. Corrí dentro de la caja para escapar.

Como ninguna de las dos viejas me defendía tuve que arañar a la hija para que me dejara en paz. Lamí una de las gotas de sangre que cayó en mi pata izquierda. Otra gota cayó sobre la verruga del cuello de la vieja, y una más sobre los labios grises y arrugados oscureciéndolos. La hija se quedó viendo a la vieja con cara de sorpresa y yo aproveché para salir de la caja de un brinco y refugiarme en la caja de madera donde guardan platos, copas y gatos de muchos tamaños que no se mueven. Desde ahí alcancé a ver que la mujer fue hacia el baño y luego entró al cuarto de la vieja. Al regresar a la sala se acercó a la vieja de la caja con un tubo pequeño y brillante que se partía en dos. Al girar una de las piezas, salía una cosa desagradable que mancha –y que no volveré a probar porque me provocó vómitos y dolor de panza–. Embarró con de la parte que manchaba los labios de la vieja acostada, quien pareció sonreír al mismo tiempo que la vieja de afuera quien dio las gracias. Maullé para recordarle que me diera de comer pero no me escuchó porque ya no oye bien. Hay noches en las que tuve que jalar la sábana para que volteara a verme.

La vieja sin relleno acarició la mejilla de la mujer a la que llamaba hija –la que huele a perro– en vez de hacerme caso. Llegó un señor al que yo había visto inmóvil en una pared del cuarto de la caja de luz con personas y la vieja le dijo: ¡Chuyito!, creí que se te había olvidado venir por mí. Te ves muy guapo. Los dos salieron de la casa tomados de la mano sin escuchar mis maullidos.

Otro crujido me hizo voltear hacia la vieja con ojos cerrados. Brinqué hacia la caja que habían cerrado –también la puertita– y de ahí al piso. Me abrazó una niña que me dio una galleta con algo blanco y suave encima que escupí. Me retorcí y escapé. Corrí y la niña me siguió hasta la cocina. Maullé hacia mis platos. Ella me sirvió agua y se puso a abrir puertas y cajones hasta que por fin encontró mi bolsa con croquetas.

Estándar
Cuentos

Reencuentro

Reencuentro

–¡Juliááán!, qué sorpresa encontrarte aquí tan pronto.

–Perdóname Nico, quería que te mataran.

–Sí, ajá.

–Me urgía el dinero, ¡entiende!

Se quedaron en silencio durante unos segundos, por así decirlo, porque aunque ya no tenían voz se habían escuchado pero no tenían noción del tiempo ni podían medirlo tampoco. Nicolás irradiaba una luz naranja y rojiza, al lanzar un puñetazo tras otro, el color se fue destiñendo y haciéndose amarillo tenue y la de Julián coloreándose hasta volverse roja sangre, que se movía en círculos concéntricos hasta que él logró detenerla. Se sentía mareado y así, tambaleante como un borracho trató de impulsarse pero pasó flotando lentamente a través de Nicolás, quien se rió burlándose, lo aventó con un soplido y le dijo: Te llevará un chingo aprender a moverte bien sin cuerpo; yo no pienso ayudarte, pendejo.

Una corriente de aire frío jaló a Julián hacia atrás, él apretó su energía para sostenerse como habría hecho con su cuerpo, si aún lo hubiera tenido. Supuso que sería otro espíritu porque sintió escalofríos mientras algo pasaba a través de él. Echó un vistazo, no parecía al cielo ni al infierno, era un espacio extenso, sombrío y brumoso. A lo lejos se veían llamas pequeñas, rojas, amarillas, verdes, grises y blancas, en grupos y apartadas. Se movían despacio, como hojas secas acostadas sobre el agua de un estanque dejándose llevar por un viento suave.

Julián le contó a Nicolás que su madre fue la que más había llorado en su funeral, que había muerto mientras dormía hacía cinco años, que a su primo Chuy le habían dado un buen hueso con el cambio de gobierno, que el Atlas había ganado, por fin, el campeonato; que su esposa se había vuelto a casar y tenía otros dos niños. Nicolás lo escuchó sin creerle.

Nicolás por su parte le contó a Julián que no había visto ni a su mamá ni a sus abuelos ni a ningún otro muerto conocido hasta que llegó Julián; que los espíritus de colores que se veían hasta allá nunca se acercaban y él ya se había cansado de intentar ir para ese lado porque por más que avanzara no llegaba.

Ahora los dos irradiaban el mismo tono de luz gris blancuzca de nube rota, desmoronada. Soltaron dos carcajadas largas y mudas al mismo tiempo; recordaron que se habían querido como hermanos durante casi toda su vida hasta que Julián contrató a unos tipos que le recomendaron para secuestrar a Nicolás y pagar una deuda con el rescate.

–¿Cuánto tiempo crees que llevas aquí, Nico?

–No sé, una semana, ¿no?

–Te moriste hace 10 años.

–¡No me jodas!

–Te lo juro. No me mataron los secuestradores ni los matones del casino al que debía dinero.

–¿Entonces, quién?

–Un pinche ratero que me disparó en el corazón porque yo no quería bajarme de mi moto.

Estándar
Cuentos

Ñuu Dzavui

Dzavui

Un camino empedrado de granizo luminoso con árboles de nubes te guiará hacia el lago extenso de luz cristalina. La brisa parpadea como estrellas pequeñitas haciéndole cosquillas a los recién llegados hasta que se acostumbren a ser fulgor, a recorrer los árboles desde las raíces, a volar con las alas de los pájaros radiantes y a ser su canto. Aquí todo resplandece: los pájaros, el viento, los peces, la lluvia y el silencio.

Al entrar al lago todo lo que no se pudo terminar deja de tener importancia, los recuerdos se limpian de dolor y dudas y se convierten en destellos lisos y tenues. Tendrás que esperar, pero el tiempo también es de luz: no lastima ni cansa. A todos les tocará iluminar el cielo durante más de una tormenta y bajar a la tierra para cumplir con lo que les mande el dios que es al mismo tiempo el lago, el pájaro, las nubes, el granizo y el rayo. A algunos les toca estrellarse contra una choza o un árbol y el fuego sirve para recordarle a los vivos el poder del dios del pueblo de la lluvia, los que caen sobre las montañas anuncian que la siembra será abundante. Los que caen sobre un río, lago o mar piden en nombre del dios, el corazón de un niño que él convertirá en pájaro resplandeciente para que cante sobre su lago de luz cristalina. Los que caen sobre un hombre también se encargan de traerlo a la entrada del camino empedrado de granizo luminoso.

Estándar